En la personalidad artística de este fecundo y vigoroso pintor confluyen diferentes hechos y circunstancias. En primer lugar, la de poseer la nacionalidad Salvadoreña aun cuando sus ancestros y familiares del artista eran oriundos españoles vinculados a Cádiz, donde vivían sus primos, la familia del músico Manuel de Falla Matheu. La condición profesional de diplomático, siguiendo la profesión de su propio padre, le proporcionaron un carácter y una educación que a lo largo de su vida le harán ser un personaje refinado, culto y abierto a novedades, algo muy singular en el contexto artístico hispano.Educado en Francia desde los primeros años de su nacimiento, residió en el país vecino hasta prácticamente los años de nuestra Guerra Civil, auque simultaneó su vida parisina con sus estancias familiares en la casa solariega de Puerto Real, Cádiz. Esta alternancia de residencias y continuos desplazamientos, le hacen ser un personaje de la cultura artística de una gran movilidad, en especial durante la primera mitad del siglo, y desde la perspectiva andaluza, un artista especialmente interesante.
En una primera instancia, Pedro de Matheu como artista parece vinculado pictóricamente a cierta estética de la felicidad y sus repercusiones, a raíz del cultivo de una pintura lumínica de exteriores y plenitudes atmosféricas, en gran medida situada en la más estricta tradición francesa a la vez que deudora de la plática impresionista y fauve, ejecutada durante los periodos de juventud en el país vasco francés, en el Midi, y en la misma capital francesa.
Matheu se insertó culturalmente en la órbita de la tradición modernista, estrechamente relacionada con el círculo parisino en torno a la figura del escritor Gómez Carrillo y otros sudamericanos en las primeras décadas del siglo XX. A partir de estas fechas data la relación de amistad con Vázquez Díaz, a quien siempre considero pictóricamente como un maestro. En este ambiente, en el que se hallaban la mayoría de los artistas hispanoamericanos instalados en París, se añadían la presencia de determinadas estéticas orientalistas de procedencia rusa.
En este sentido es destacable la relación plástica de Matheu con el pintor ruso Altman, con el cual se inició en la plástica tras años de formación en las más prestigiosas academias de la capital de Sena. Simultáneamente a la práctica de su pintura de exteriores, Matheu cultivó ambientes de vida social, hasta cierto punto mundana, de cabarets, espectáculos musicales y ballets vanguardistas en los años veinte, en los que intervendrá decididamente Manuel de Falla; familiar que llevaría a la escena importantes composiciones musicales. Matheu a parte de realizar viajes por Europa en compañía de otros artistas y colegas, ejercerá también de interiorista refinado de ambientaciones artdecó.
Durante estos activos años veinte el joven Matheu expondrá muy precozmente en las galerías más importantes del mercado parisino, como la George Petit emblemática de los pioneros años de las tendencias modernas.
Todas aquellas circunstancias le posibilitaron ser un testigo de excepción. Con este bagaje se enfrenta a las situaciones culturales y sociopolíticas del periodo de entreguerras en Francia, volviendo definitivamente a España tras finalizar la Guerra Civil.
En la situación de la postguerra Española Pedro de Matheu es un artista que inicia la recuperación cultural, luego en algún grado recobrada ya en los años cincuenta, en la que se vio artísticamente implicado como figura testimonial, y baluarte distinguido de la modernidad; fascinado ahora por todo lo español, en especial por los conjunto históricos de las ciudades monumentales y por su paisaje.
Así, Pedro de Matheu, actuó como un salvadoreño de nacimiento, español de corazón, y francés de educación y vocación, tal como lo definiría el critico y amigo del artista E. Lafuente Ferrari en un texto para la exposición en los locales de la recuperada Revista de Occidente.
En este sentido, su biografía nos aporta bastantes referencias, sobretodo a la hora de los balances generales y de la conformación de los potenciales artísticos de determinados escenarios. A través de su vida se nos permite conocer mejor ambientes y círculos, tanto en España como en Francia.
Su obra a pesar de no ser de una radicalidad vanguardista, contiene valores y puntos de vista de la consideración estética de distintos momentos históricos de la vida del pintor, a la vez que su plástica es testimonio, recoge el debate del espíritu del arte del momento. Especialmente interesante es su contribución al paisajismo, como la aplicación aventajada por parte del pintor de las premisas postcezannianas, y su vinculación con importantes personalidades de la pintura española como Zuloaga, Vázquez Díaz, Benjamín Palencia, y los pintores más fecundos de la recuperación española entre los que sobresalen los denominados por Gaya como fauvistas ibéricos.
Paisajismo que en su relación con movimientos y fenómenos renovadores de los años cincuenta, aportan una evolución personal desde los valores plásticos y matéricos, aunque todavía muy estructurados, siempre con referencias a motivos, y donde se intuyen, sobretodo en sus años finales, posibles evoluciones lógicas hacia la abstracción. Un proceso interrumpido por su temprana muerte ocurrida en Madrid en 1965.